lunes, 28 de diciembre de 2015

Un siglo de palacetes olvidados en Indautxu





LA memoria es algo pasajero y más en este mundo en el que la velocidad de la vida implica que haya poco tiempo para observar la evolución de la ciudad. Una reflexión para poder apreciar mejor cómo Bilbao ha cambiado mucho en los últimos 20 años con el milagro urbanístico vivido pero que si nos retrotraemos más en la historia nos damos cuenta de que los cambios urbanos son constantes. 
Un ejemplo de ello es el barrio de Indautxu, una zona de la antigua anteiglesia de Abando, que empezó a prosperar con el inicio del siglo y que tuvo en 1915 su año de ebullición arquitectónica. Se cumple pues un siglo de esa explosión urbanística que sembró todo el área de grandes edificios de autor, la mayoría chalés de la rica burguesía bilbaina que veía cómo contar entonces con la residencia familiar en zonas del extrarradio del Bilbao de las Siete Calles era símbolo de pedigrí. El planeamiento urbanístico aprobado en 1876 para el Ensanche de la villa aportó una hoja de ruta que fue cumpliéndose de forma paulatina. 
Los acaudalados bilbainos no repararon en gastos a la hora de levantar su morada. El estilo regionalista mezclado con algún ejemplo modernista marcó la tendencia constructiva teniendo como referencia a los arquitectos estrellas de la época, Leonardo Rucabado o Ricardo Bastida, que tuvieron en Indautxu un banco de pruebas ideal para su trabajo. 
Una exposición de palacetes que servían para rivalizar entre las familias pudientes a ver quién construía más y mejor. Quien resaltó sobre todas, y quien impulsó el barrio, fue la familia Allende, cuyo patriarca, Manuel Allende, es recordado hoy con la calle que lleva su nombre. 
El primer colonizador de Indautxu construyó su casa donde ahora está el hospital de la Cruz Roja y se extendía por la parcela del Colegio de los Jesuitas donde estaban los campos de sport, propiedad de Manuel, y donde hijos y nietos se hicieron grandes deportistas. Cuatro vástagos que también tuvieron sus casas privadas en manzanas adyacentes. 
De aquel ímpetu constructor queda hoy un único chalé en la esquina de las calles Aureliano Valle y Simón Bolivar. Fue propiedad original de Tomás Allende Alonso, sobrino de Manuel, y también senador, diputado y uno de los hombres más ricos del Estado por sus inversiones en minas de hulla en León y de hierro en Bizkaia. Ese palacete ha sido conocido por varios nombres a lo largo de la historia. Tras los Allende, pasó a llamarse Palacio Arróspide, tras ser adquirido por el afamado doctor bilbaino. También fue denominado como chalé del Rectorado, por ser sede de la incipiente Universidad del País Vasco. Hoy lo ocupan viviendas de lujo y oficinas. 
Fue Tomás también quien en 1910 mandó construir varios chalés en la zona para sus hijos, entre ellos, Luis Allende Allende, cuyo palacete estaba en la esquina donde hoy se levanta la comisaría de la Policía Nacional. Por encargo de Tomás, también se levantó La Gota de la Leche, otra residencia que fue derruida casi en su totalidad para albergar hoy el Hotel Indautxu en la plaza del Bombero Echániz. 
Otra construcción digna de mención es el palacete de la familia Escauriza, ubicado en el solar que ahora ocupa el colegio de La Pureza. Dámaso Escauriaza, consejero fundador del Banco de Vizcaya, de Hidrola y de la Compañía Marítima del Nervión, levantó su gran mansión en la finca conocida entonces como solar de Echenagusia, una herencia del abuelo de su mujer, Ramón Sopelana, uno de los primeros consejeros del Banco de Bilbao. 
Los jardines de la finca eran de tal extensión que disponían de un velódromo y la entrada estaba presidida por una columna de mármol de Ereño. El palacete se mantuvo durante décadas pero, tras arruinarse los hijos, la propiedad se vendió a la Congregación Pureza de María en 1951, que lo utilizaron como centro educativo hasta su demolición en los años 70 para levantar su colegio actual. 
Pero no solo hubo colonización privada. En septiembre de 1918, el Ayuntamiento inauguró la denominada Escuela Monumental de Indautxu entre las actuales calles Autonomía, Manuel Allende y General Eguía. Un nombre, el de Indautxu, que a raíz de bautizar al complejo educativo sirvió para popularizar el nuevo barrio emergente. 
SERVICIOS PÚBLICOS Aquella escuela diseñada en estilo neoclásico por el arquitecto Ricardo Bastida fue una gran referencia y llegó a albergar con una ampliación posterior hasta 1.400 alumnos en sus aulas que contaban con cantina o comedor, escuela de música e inspección médica. Durante años fue la escuela pública más grande de Bilbao. Hoy bautizada como Escuelas de Félix Serrano, sigue aportando educación pública al barrio. La Iglesia tampoco podía perder el tren de la modernidad y la parroquia de Nuestra Señora del Carmen fue su primera construcción en el ahora céntrico barrio, pero entonces incipiente suburbio. En este proyecto, la familia Allende fue de nuevo fundamental. No solo cedió gratuitamente el solar de su propiedad al Obispado, también hizo cuantiosas donaciones para su construcción fuera una realidad. 
Otros edificios destacados fueron algunos negocios como el modernista inmueble diseñado por el arquitecto Pedro Guimón para una tintorería que se ubicó en la hoy calle Autonomía. La iniciativa empresarial de ocio también tuvo su pica en Indautxu. El marqués de Villagodio, criador de reses bravas, construyó en la manzana que rodean las actuales calles Gregorio de la Revilla, Licenciado Poza, alameda de Urquijo y Doctor Areilza, una plaza de toros, que fue estrenada el día 15 de agosto de 1909 con una gran novillada a beneficio de la Asociación Vizcaína de Caridad y del Colegio de Sordomudos y de Ciegos. Rucabado también fue autor de un coso que se levantó en estilo mudéjar y utilizó como materia prima la piedra de las cercanas canteras de Iturrigorri. 
Una gran historia de urbanismo y arquitectura no tan lejana en el tiempo pero que, por la ausencia de ellos bellos palacetes, ya casi nadie recuerda.