domingo, 19 de julio de 2015

El Bilbao bajo las aguas




La transformación que ha experimentado la villa de Bilbao en la superficie no hubiera sido posible sin el espectacular cambio que se ha vivido bajo las aguas. La ciudad que atrae turistas, referente cultural y arquitectónico y ejemplo de regeneración urbana sería del todo improbable de seguir estando atravesada por una "cloaca navegable" como era el Nervión en los años 80. Aquel cauce saturado de residuos es hoy un estuario sano que alberga una veintena de especies acuáticas sólo en su tramo bilbaíno y más de 60 en todo El Abra.
La historia de la ría en los últimos 30 años es prácticamente la de la resurrección de un muerto. En 1989 la corriente que discurría por el cauce difícilmente podía recibir el nombre de agua. "Ese fluido turbio, de color marrón amarillento, presentaba un problema de oxigenación muy grave, sobre todo en el tramo urbano del estuario, y un lecho de sedimentos muy contaminado, con una alta concentración de metales", describe Javier Franco, biólogo e investigador de Azti, centro tecnológico de innovación marina adscrito al Gobierno vasco. Esa situación hacía "prácticamente imposible" la vida en la zona interior de la ría, mientras que en la zona media y exterior ésta se limitaba a una fauna "muy pobre". La elevada concentración de bacterias fecales no depuradas le daba un olor nauseabundo, pero tenía además otra consecuencia: las playas del entorno de El Abra no eran aptas para el baño.
El estado "crítico" del estuario era el resultado de décadas de una política medioambiental que permitía la contaminación indiscriminada. A finales del siglo XIX la villa había estrenado un sistema de saneamiento, impulsado por el alcalde Felipe Uhagón, que consistía en una red de colectores que vertían directamente al cauce las aguas residuales. Aunque moderno para su época, se reveló incapaz de hacer frente al espectacular crecimiento que experimentó la villa durante el siglo posterior. Los residuos domésticos de una población casi cinco veces mayor, pero sobre todo los vertidos de la industria pesada convirtieron el estuario en uno de los más contaminados de Europa. En los años de mayor actividad fabril, la ría de Bilbao llegó a recibir hasta 2.000 toneladas diarias de residuos, entre los que había ácidos, metales, compuestos cianurados y nitrogenados.
Consumo "seguro"La eliminación de los vertidos era condición indispensable para que el agua de la ría recuperara niveles de oxígeno aceptables. La puesta en marcha de la nueva red de saneamiento en 1990 derivó esos residuos hacia plantas depuradoras e inició lentamente el camino de la regeneración. Sin embargo, el punto de inflexión se sitúa "en 2001, con la puesta en marcha del tratamiento biológico de las aguas residuales en la planta depuradora de Galindo", explica Javier Franco. Este proceso, capaz de eliminar hasta el 95% de la carga contaminante, antes de devolver el agua a su cauce, fue determinante para que el estuario comenzara lentamente a ser un lugar apto para la vida.
Los resultados no se hicieron esperar. Tras una década en que los análisis de fauna que realizan periódicamente los investigadores de Azti no dieron ningún resultado, en 2002 se documentaron las tres primeras especies de peces en el fondo de la ría. Sólo habían pasado unos meses desde que se puso en marcha el tratamiento biológico, pero los niveles de oxígeno habían crecido lo suficiente como para que los animales más resistentes a la contaminación, como el cangrejo verde -karramarro-, la quisquilla gris o el cabuxino, se aventuraran aguas arriba.
"Los primeros resultados fueron rápidos, pero el proceso de recuperación de la biodiversidad ha sido largo y progresivo", aclara el investigador. En los años siguientes se dejaron ver anguilas y mubles y para mediados de la década se podían encontrar en la ría, a su paso por Bilbao, lenguados, platijas o mojarras. La pesca, algo impensable en el casco urbano durante décadas, volvió a ser una práctica común entre los bilbaínos. De hecho, la Federación Vizcaína de Pesca organiza desde ese mismo año cursos de iniciación para menores de 16 años, además de concursos, maratones de pesca y campeonatos. "Al principio hicimos pruebas en la zona del Ayuntamiento y no picó ni un pez, ni siquiera mubles", recuerda la coordinadora, Mari Carmen Lozano, pero pronto "comenzaron a aparecer carpas e incluso algunas truchas arrastradas por la corriente del Ibaizabal, que sorprendentemente seguían vivas".
Las cañas apostadas en el muelle se convirtieron en los mejores indicadores de que la salud de la ría mejoraba paulatinamente. Hoy se pueden pescar lubinas, doradas, chicharros o anchoas, "la misma fauna que encontraríamos en un cauce que no ha sido contaminado", apunta Franco. Hay especies, como las platijas, "que requieren una oxigenación muy alta", y que pueden verse nadando cerca de El Arenal. Sin embargo algunos todavía dudan a la hora de llevarse el pescado a la mesa. Mientras los investigadores se muestran más reticentes por la posibilidad de que los peces contengan metales que el cuerpo humano no puede absorber, la mayoría de los pescadores confían en su salubridad. Desde la Federación advierten que sólo promueven pesca deportiva, sin muerte, y en sus competiciones es obligatorio devolver el pez al agua después de medirlo. No obstante, afirman que el consumo es seguro.
En vista de que el lecho se había regenerado rápidamente al mejorar la calidad del agua, en 2006 el Consorcio de Aguas decidió no acometer el dragado de la ría, pues remover los sedimentos contaminados podía poner en peligro la incipiente fauna. Así es como el Nervión sigue guardando en su fondo el recuerdo de décadas de contaminación. La limpieza de las aguas, que tomó como referencia el ejemplo de Newcastle, se puede dar por completada con éxito. "La lámina de agua sí ha recuperado su biodiversidad habitual", asegura Franco. Sin embargo, el estuario no puede desprenderse tan fácilmente de su pasado. La presencia humana a lo largo de siglo y medio de industrialización ha supuesto "una gran pérdida de hábitats para la fauna y flora". Arenales, dunas o marismas que una vez formaron el paisaje de las orillas del Nervión y que "son ya irrecuperables".